Hay un tema que afecta a todos quienes trabajamos en oficinas, y es justamente el del clima. No estoy hablando del ambiente o la buena/mala onda que reine en el recinto laboral, sino de algo mucho más palpable: la temperatura.

No importan los esfuerzos que hagamos, no hay forma de ponerse de acuerdo. En días de calor bochornoso como el de hoy, nos encontramos tiritando y buscando con qué abrigarnos, porque el open space parece el Polo Norte. Y ahí empezamos, con la letanía de siempre: ¿En cuántos grados está el aire? ¿Nadie más tiene frío? ¿Alguien trajo un abrigo de más? Y sí, porque en días como el de hoy, que ya a las 8 am hay 30 grados a la sombra, no se te ocurre salir con un poncho que te amortigüe el frío de la tarde.

Pero hay tácticas. Una compañera agujereo una caja de cartón donde pone los pies para cubrirse del frío, otros han dejado camperas de polar (las mismas que nos regalaron para ir al Calafate en invierno) para cubrirse cuando se pone gélido y no tener que cargar el abrigo. Claro que le pareceremos unos completos lunáticos a alguien que viene de afuera, pero bueno, es lo que hay. Personalmente, cuando no aguanto más el frío, me dirijo al baño donde no hay aire, y ahí se me van templando las extremidades. En casos extremos, lavarse las manos con agua calentita y secárselas con el aire caliente, también ayuda. Parece absolutamente irrisorio que afuera haya 32 grados.

Y cuando ya no aguantamos más, en un acto de rebeldía, lo apagamos. Qué sensación placentera, volvemos a un clima normal, volvemos a estar en verano. Pero nada dura para siempre, porque en ese momento alguien entra de la calle y dice “¿No se están muriendo de calor acá?” Y volvemos a cero, de vuelta al Igloo.

Claramente el desacuerdo se da más que nada entre hombres y mujeres. Primero, los hombres son más acalorados, no hay duda, pero además, ¡vienen todo el verano vestidos con medias y zapatos! Pero imagino que no pretenderán que nosotras vengamos de botas en pleno enero. No, nosotras queremos lucir las sandalias y los vestiditos que quedan tan lindos, y las musculosas cuando estamos bronceadas. Nosotras tenemos un vestuario que se adapta al clima, y podemos venir frescas con una pollera y después seguir el resto del día, sin tener que llegar corriendo a casa a ponernos una bermuda y unas chancletas.

Hasta acá no hay solución aparente. Verano tras verano tenemos el mismo problema, las mismas discusiones, las mismas quejas. Y al fin y al cabo, ¿no nos encanta a todos hablar del clima? En verano de las olas de calor, de cuantos grados hubo en Bella Unión, de las olas de frío polar en invierno, y de todas las alertas meteorológicas, sean amarillas, naranjas o cualquier otro color que se les dé por inventar. Y si hay alerta roja ya se vuelve un tema importante, y no hay quien no recuerde aquel 23 de agosto de hace como 15 años donde a todos nos sorprendió un temporal sin aviso.

Así que, aceptémoslo, si no discutiéramos sobre el aire todos los días un ratito, nos faltaría algo. Simplemente es así, ya es parte de la idiosincrasia de cualquiera que trabaja en una oficina.

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