Tal como hiciera en algún momento Forrest Gump, un día decidí salir a correr. No es que sea algo tan meritorio, ni tan fuera de lo común, y quizás algunos se estén preguntando qué tanto tiene de especial este hecho, que, entre otras cosas, me motivó a retomar mis columnas.

Primero que nada, y esto no es ninguna novedad para los que me conocen, tengo cierta aversión al deporte. Bueno, quizás cierta aversión es una expresión que queda un poco corta para describir mi relación con el deporte. Digamos las cosas como son: soy un absoluto desastre. Desde chica, siempre fue mi asignatura más odiada, no había nada que me viniera bien. Mi falta de destreza, sumada a una importante dosis de torpeza que me acompañan desde que nací, hicieron que el deporte y yo estuviéramos en malos términos desde que tengo uso de razón. Nunca pude pegarle a la pelota con una raqueta de tenis, ni con una de ping pong, ni con las paletas en la playa. Y si nunca pude con una pelota de tenis, menos con una de hockey, a la que había que pegarle con un palo. Quise intentarlo con el volley, pero tampoco lo logré, y el riesgo de que la pelota me rebotara en la cara y me fracturar la nariz era un punto a considerar. Por lo tanto, los deportes de juego estaban completamente eliminados.

Después, de más grande, y exclusivamente por la necesidad de mantenerme en forma, fui probando todo el resto de las variedades disponibles en un gimnasio. Todo lo hacía con un gran sacrificio, y cualquier excusa me servía para no ir. Fui un poco más constante con Pilates, supongo que porque era el ejercicio más pasivo que había conocido. Y como todas las personas que odian el deporte, no había cosa que me fastidiara más en este mundo que la gente me contara las maravillas de entrenar. Que el deporte te oxigena, te llena de energía y te hace sentir mejor me parecían de las cosas más ridículas de este mundo. ¿Cómo algo que me deja exhausta, me va a dar energía? ¡Por favor!

Y así seguimos en los peores términos el deporte y yo, incrementado en los últimos años, en los que básicamente no hice nada. El hecho de saber que lo tenía que hacer, y no concretarlo, lo volvía todavía peor. Analicé todos los horarios de los gimnasios de la cuadra, pero a todos les encontré alguna dificultad, y mis pobres hijos chicos siempre terminaban siendo la excusa. En algún momento alguien me dijo que debería salir a correr, y creo que me reí con ganas, ¡mirá si yo iba a correr!

Pero resultó que, insólitamente, correr tiene ciertas características que superaron todas mis excusas. Primero, para correr no se precisa ninguna destreza. Podrás hacerlo como el mejor maratonista, o como Phoebe corriendo por Central Park, pero es un problema tuyo. Lo único que precisas es constancia, y de eso siempre tuve un montón. Segundo, lo podes hacer en el momento del día que a ti te quede bien, y no te tenés que preocupar por la hora que empieza la clase de Spinning o de llegar sobre la hora y que el gimnasio esté lleno. Yo descubrí que entre que mi hijo grande se va al colegio, y la más chica entra al jardín habían 40 minutos, ¡y en esos 40 minutos corro! Si alguien me hubiera dicho que hoy mismo iba a estar corriendo a las 7.50 am, ni yo lo hubiera creído. Tercero, y no menos importante, es completamente gratis.

Claro que, como para todos los desafíos, uno precisa de algún aliado.  Por suerte tengo dos, o mejor dicho tres. El primero, mi marido, que me hace el aguante, se ocupa de los niños mientras yo salgo, y hasta algunas veces sale conmigo. La segunda, una amiga que es como mi coach, y que espero esté leyendo esta columna. Con la frase de cabecera “no pain, no gain” me fue motivando a sortear todos los obstáculos: el dolor inicial de todo, las molestias en las rodillas, el calzado, y hasta cómo lidiar con una uña del pie rota. Y lo más importante, fue la que me presento a mi entrenador personal. Un británico que me habla desde la app U4fit, y con el cual fui completando el programa para pasar del sillón, a los 5k. Lógicamente, él es mi tercer aliado.

Lo interesante de toda esta historia es que lo empecé a hacer para bajar algún kilito, y ahora lo disfruto. Resulta que es verdad que correr te da más energía, y que el día lo empiezo con otra adrenalina. Me encuentro a mí misma levantándome al alba, para poder cumplir igual con mi rutina, si es que un día tengo que ir a la oficina más temprano. Y si no me desmotivó una uña del pie absolutamente quebrada y machucada (de cara a la temporada de sandalias), no creo que nada vaya a desmotivarme.

Probablemente esto sea un listado de obviedades para todos los deportistas, pero la verdad es que yo lo estoy descubriendo, y quería compartirlo. Así vuelvo a la idea inicial de estas columnas, que era simplemente contar cosas cotidianas. A veces con más profundidad, y otras con más humor, dependiendo el tema, lo que me pase, y con quién me cruce. Estoy contenta hoy, no solo porque empecé el día corriendo, sino porque finalmente logré dos propósitos de este 2017: reconciliarme con el deporte, y retomar este blog. Es curioso que estos dos vengan de la mano, pero así es la vida, ¡y hay que dejarse sorprender!

7 comentarios en “Y un día, empecé a correr.

  1. Te felicito por los dos objetivos alcanzados! Para solucionar el tema de las uñas cómprate championes medio punto más grande.

    Ahora anda por mas, ponete el objetivo de correr una carrera de 10k. Te vas a enviciar para bien!

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  2. Muy inspiradora tu columna Sofía!! Yo descubrí ese entusiasmo pero caminando! De momento sigo en la etapa de “mirá si voy a correr yo”… pero capaz que me agendo a tu coach y quién sabe!! FELICITACIONES y hasta los 10k !!!!

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