Se termina marzo, consagrado ya mundialmente como el mes de la mujer. Este año particularmente el tema sonó con mucha fuerza en nuestro país, y no era para menos. Varios casos espeluznantes de violencia doméstica, una marcha multitudinaria, la Ley de Cuotas y la diferencia salarial fueron algunos de los temas que promovieron el debate entre toda la opinión pública, y que hicieron que el tema se hablara, y mucho. Varias discusiones con amigas y compañeros de trabajo me llevaron a reflexionarlo, y por eso decidí que fuera esta la apertura de las columnas semanales del 2017, y así volver a darle vida a este blog.

¿Qué es ser feminista hoy? ¿Qué implica definirse como feminista en este país? Y finalmente, ¿dónde me encuentro yo, entre tantos pro-feministas y anti-feministas? Esas son solamente algunas de mis preguntas. El tema tiene tantas puntas, que sería imposible resumirlas y analizarlas en una columna, y tampoco es mi intención hacerlo. Lo que sigue son simplemente algunos de mis puntos de vista.

En cualquier movimiento hay extremistas, es algo que siempre sucede, y claramente el feminismo no es la excepción. Estos extremos hacen que algunas posiciones o argumentos suenen ridículos, y entonces se critica a las femi-nazis, porque son radicales y están a la defensiva, y en sus argumentos subyace la idea de que existe algún tipo de superioridad de la mujer sobre el hombre. A esto le sumamos que en este país el movimiento feminista es encabezado por varias personalidades de izquierda, y surge el debate sobre si ser feminista implica simpatizar con alguna corriente política, o la presunción de que para ser algo así como una buena feminista, hay que ser de izquierda. No concuerdo con las feministas radicales. No simpatizo con la izquierda. Pero de ahí a pensar que en el Uruguay no hay diferencias de género, y que son protestas de un grupo de fanáticas, hay un largo trecho. Que uno no se identifique con algunos de los líderes de este movimiento, no implica que el problema no exista, sería casi como tapar el sol con una mano.

No podemos discutir que la brecha salarial existe, y cualquiera que esté inmerso en la realidad laboral lo sabe. Según el MIDES hay una diferencia del 26% entre salarios de hombres y mujeres que ostentan las mismas calificaciones y experiencia, pero esa solo es una parte del problema. ¿Dónde hay datos de la cantidad de oportunidades que las mujeres se pierden? O de cuánto más tuvieron que pelear para acceder a determinados cargos, o de cuantas humillaciones tuvieron que soportar en reuniones donde eran la única representante del género. Hay cosas que estadísticamente no se miden, pero que existen, y que desgastan.

Es verdad que hay empresas que están trabajando para cambiarlo, y soy testigo de eso. Es verdad que hay lugares donde esto ya no pasa, pero no son todos. No son todos, porque hace poco una amiga fue a una entrevista de trabajo donde le preguntaron si pensaba tener hijos en los próximos tres años. Ella respondió afirmativamente, y a pesar de sus grandes aptitudes para el puesto, no quedó seleccionada. Pueden haber sido muchos los motivos, pero si su futura maternidad pesó en esa decisión, entonces no es justo. Porque es altamente probable que el varón que quedó en su lugar, también tenga hijos en ese mismo período de tiempo, pero claro, él puede permitirse cambiar de trabajo y tener un hijo, ella no. Y de casos como este, todos conocemos alguno.

Pero más allá del ámbito laboral, más allá de los sueldos, más allá del parlamento, hay un tema que preocupa, y es el de la violencia de género. ¿Cómo puede ser que tengamos cifras de mujeres muertas por violencia doméstica similares a España? Pareciera que algo estamos haciendo mal. Sin embargo, no concuerdo con la Ley de Feminicidio. No soy experta en el tema, pero no creo que la solución esté en aumentar la pena, ni en diferenciar el homicidio de una mujer, del de cualquier otro ser humano. Creo que deberíamos enfocar nuestros esfuerzos en la prevención, en que hacer una denuncia no sea “una carrera de obstáculos”. Y sobre todo en la educación, en cambiar la mentalidad. Estas cosas pasan porque sigue habiendo una gran parte de la sociedad, hombres y mujeres, que piensan que esa mujer era una loca, o lo tendría merecido, o andaba en cosas raras. Y si la cifra de muertes es alarmante, ¿cuantas serán las que no se animan a denunciarlo?

Entonces, si ser feminista es apoyar una batalla por igualdad de oportunidades para hombres y mujeres, soy feminista. Y no solo en el ámbito laboral, sino en instituciones educativas, sociales y en el Parlamento. Si ser feminista es levantar la mano contra la violencia de género, en cualquier tipo de agresión física o verbal, entonces soy feminista. Pero sin partidos políticos, sin radicalismos y sin argumentos que, por irónico que parezca, a veces suenan discriminatorios.

En todo caso soy una feminista que cree que no somos las mujeres solas las que tenemos que librar esta batalla, y que este no es un problema que atañe solo a “la mujer” como ente aislado en la sociedadTenemos que trabajar en cambiar la mentalidad, en educar a hombres y mujeres. Este es un tema que nos toca a todos por igual, y tenemos la obligación de construir una sociedad mejor para los que vienen, y sobre todo en dar el ejemplo. Porque quizás hoy no te sientas identificado, pero si el día de mañana le toca a tu sobrina ser una de las que no consigue oportunidades en el trabajo, ¿no te dará rabia pensar en todo lo que se esforzó?, ¿no te dará rabia que no perciba el mismo sueldo que su colega varón? Y si es una hija la que posterga su maternidad para poder conseguir un trabajo, ¿también vas a pensar que así son las cosas? Y si es tu hija la que anda con un tipo que un día se levantó cruzado y le dejó un ojo negro, ¿ahí también vas a pensar que algo habrá hecho?

5 comentarios en “¿Qué es ser feminista?

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