Mis dos hijos y mi marido cumplen años uno atrás del otro. Así es que todos los años en esta época, tengo los tres acontecimientos en menos de un mes. El sábado terminamos los festejos con el cumpleaños de mi hijo más grande, y puedo decir que ha culminado lo que he decidido llamar temporada de tortas. Y como  broche de oro, voy a dedicarle la columna de esta semana.

Los que tienen hijos o sobrinos chicos, saben que el tema de los cumpleaños ya no es como antes. Como en muchos otros aspectos de la vida, se ha creado una industria alrededor de este rubro. Y ya no te arreglas con una tortita de merengue con pastillas de colores, ni con el coco verde para simular el pasto en una cancha de fútbol. Ahora la torta, es LA TORTA. Todo esto está promovido por cada vez más personas que se dedican a la repostería, y que te muestran magníficas creaciones en baño wilton, miles de modelos de cookies, popcakes y cupcakes (todos se nombran en inglés, ya los niños no saben lo que son las magdalenas) con los personajes que le gustan a tus hijos. Y claro, los niños ven eso y te piden una torta de Rayo Mc Queen como si fuera una marmolada del Crandon. No es su culpa, es lo que ven una y otra vez, en cada cumpleaños.

Así fue que para los primeros cumpleaños de mi hijo grande, mi hermana le encargó LA TORTA. Pero cuando cumplió tres, decidió dar un paso más y hacérsela ella. Resulta que le salió una magnífica torta, que nada tenía para envidiarle a las anteriores. Y ese año el niño tuvo dos festejos, y para el segundo me propuse hacerla yo. Pensé que si mi hermana lo había hecho, no podía ser tan complicado. Error, gran error. Me quedo espantosa, y ni el “no está tan mal” de mi marido logró convencerme de lo contrario. Pero si hay algo que tengo en esta vida es tesón, y no me iba a ganar una torta.

El año pasado, cuando mi hijo cumplió cuatro,  empecé con tiempo preguntándole de qué quería la torta. En ese momento le gustaban las Tortugas Ninja, y me dijo que quería a Rafael con cara de enojado, así de específico. Y esta vez, después de varios tutoriales, el resultado fue óptimo. Salió Rafael enojado, y la mejor satisfacción fue su carita al ver la torta. ¡Misión cumplida!

Pero a la semana siguiente fuimos al festejo de otro niño de su edad, donde la torta era algo de otro mundo. La más grande que vi en mi vida. Contenía un barco pirata y pequeños piratitas, en un mar embravecido. Una obra de arte en el mundo de la repostería, que dejaba a mi gran creación de Rafael muy chiquitita. Con una amiga nos dedicamos a admirar un rato LA TORTA mientras conversábamos sobre a quién la habrían encargado. Por ahí estaba mi hijo, que escucho la conversación y se acercó. Mi amiga le pregunto qué le parecía la torta, y él le respondió que era muy linda, y acotó “pero la mía era de Rafael y la hizo mi madre”.

Desde ese día decidí que para todos los cumpleaños les voy a hacer la torta, hasta el día en que sean mayores de edad y me pidan por favor que no les haga más tortas. Pero como me gusta estar a la altura de las circunstancias, me fui especializando. Este año hice una de dos pisos para la nena que dio que hablar, y hasta innove con galletitas de distintas formas y colores. Otra vez, la cara de la chiquita cuando vio la torta, valió todo el esfuerzo. También hice una cancha de fútbol para el sábado pasado y la acompañe con galletitas de camisetas de su cuadro, que resultaron tan exitosas que los niños se las metían en la bolsa de las sorpresitas antes de irse. Y lo más importante: el cumpleañero no podía estar más feliz.

Descubrí que a pesar de tener muy pocas habilidades para la cocina, debo de tener alguna para la repostería, o por lo menos le pongo muchas ganas. Me encontré a mí misma dando consejos sobre tortas a amigas que son prácticamente chefs, sobre que bizcochuelo es mejor hacer, o como ponerle el baño a las galletitas. Y lo mejor, descubrí lo divertido que es el proceso de planear, elegir, y hacer la torta; y que los niños vean, participen y opinen. ¡Hasta mi marido tuvo torta temática este año!

Como casi no cocino, nunca había tenido esa satisfacción de cocinar para alguien, de lograr transmitir tanto cariño a través de un plato. Toda esta preparación hace que en mi casa los festejos de cumpleaños se alarguen, tanto cuanto dura la temporada de tortas.

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